Editorial: la salud y los vínculos

Abril 10 de 2026

Augusto Galán Sarmiento. MD. MPA

Director del Centro de Pensamiento Así Vamos en Salud

Cada año, en el marco del Día Mundial de la Salud, renovamos el compromiso con aquello que define la vida y su cuidado. Hablamos de enfermedades, de sistemas, de coberturas, de tecnologías. Pero con frecuencia dejamos por fuera un determinante silencioso, profundo y creciente: la conexión social. La manera como nos vinculamos -o dejamos de hacerlo- está marcando hoy la salud de las personas y la sostenibilidad misma de nuestros sistemas. Así lo reconoce desde hace varios años la OMS y países más desarrollados tienen ministerio sobre el tema, así como políticas públicas y estrategias para controlarlo.

La evidencia acumulada en los últimos años es consistente: la soledad y el aislamiento social no son solo estados emocionales; son factores de riesgo que inciden de manera directa en la salud física y mental. Aumentan la probabilidad de depresión, deterioro cognitivo y eventos cardiovasculares; aceleran la pérdida de autonomía y elevan la mortalidad. En términos de carga de enfermedad, su impacto es comparable al de otros factores de riesgo que sí ocupan un lugar central en la agenda pública, como es el caso del tabaquismo. Sin embargo, seguimos tratándolos como asuntos secundarios, casi privados, cuando en realidad son estructurales

En Colombia, este fenómeno adquiere una dimensión particular. El país atraviesa una transición demográfica acelerada. Menos nacimientos, más años de vida y familias cada vez más pequeñas. Ese cambio está debilitando el principal soporte histórico del cuidado: la familia. Hay menos cuidadores disponibles y más años de vida que, en muchos casos, se viven con enfermedades crónicas, discapacidad o fragilidad. La ecuación es clara; más necesidad de cuidado con menor capacidad instalada para ofrecerlo. Un logro social tan grande -como es el aumento de la expectativa de vida- tiene su contraparte que incrementa los retos para el sistema de salud.

A ello se suma una realidad que no siempre reconocemos con suficiente claridad; los colombianos estamos envejeciendo sin haber construido un sistema de cuidado robusto. Lo que antes resolvía el entorno familiar no ha sido reemplazado por políticas públicas integrales ni por redes comunitarias suficientemente fuertes. En ese vacío, la soledad deja de ser una experiencia individual para convertirse en un problema colectivo, con consecuencias que se expresan en los servicios de salud, en los costos del sistema y, sobre todo, en la calidad de vida de las personas.

La transformación social y urbana también juega su papel. La migración, el desplazamiento forzoso, la informalidad laboral, la fragmentación de los territorios y el debilitamiento del tejido comunitario han erosionado los vínculos cotidianos. Vivimos más cerca unos de otros, pero con menos interacción significativa. La proximidad física no garantiza la conexión humana. Y esa desconexión tiene efectos reales: más consultas, más hospitalizaciones, mayor medicalización, lo cual, en esencia, es una carencia de vínculo.

Ignorar esta realidad es un error estratégico. La soledad no abordada se traduce en mayor demanda de servicios, en intervenciones más costosas y en resultados en salud más pobres. Pero, además, es un indicador de algo más profundo; una sociedad que no muestra suficiente capacidad de cuidado, de acompañamiento y de reconocimiento del otro.

Por eso, en este Día Mundial de la Salud, vale la pena ampliar la mirada. La salud no se define únicamente en hospitales ni en consultas médicas. También se construye en la familia, en la comunidad, en los espacios de encuentro, en la posibilidad de sentirse parte de algo. La conexión social es, en sentido estricto, un determinante de la salud.

La alerta es clara. Si no incorporamos la soledad y el aislamiento en la agenda pública -con políticas de cuidado, estrategias comunitarias y modelos de atención que integren lo social con lo sanitario- llegaremos tarde a un problema que ya está aquí. Y cuando llegue con toda su fuerza, será más difícil y costoso enfrentarlo. Cuidar la salud implica, también, reconstruir los vínculos. En última instancia, la salud de una sociedad se debería medir no solo por cuánto vive, sino por cómo vive; y con quién.